Adiós al verano: la importancia de las transiciones

Con frecuencia pasamos de una actividad a otra, de una fase de la vida a la siguiente, de forma brusca, acelerados, sin querer mirar atrás, sin darnos cuenta de lo que hemos concluido, y al mismo tiempo sin querer enterarnos del todo de lo que vamos a iniciar, contando los minutos para finalizar el primer día de trabajo, contando los días que faltan para las navidades. Al terminar el mes de agosto, muchos estamos anticipando con tristeza el fin de las vacaciones y lo que se nos viene encima, y sin embargo, al final acabamos zambulléndonos de lleno en el trabajo sin plantearnos la posibilidad de una transición más amable y consciente. Nos vamos de vacaciones pensando en «desconectar» y ahora nos resistimos a «reconectar». Pero los seres humanos no somos electrodomésticos que se apagan y se encienden pulsando un botón. Mi experiencia con el mindfulness en los últimos años me está mostrando la necesidad, no solo de una inmersión gradual en el trabajo para no pasar de 0 a 100 en un día, sino también de reservar un tiempo para la transición, para despedirnos y comenzar más conscientemente.
 
Necesitamos tiempo para despedirnos. Tiempo para notar la huella que ha dejado el verano en nosotros, qué hemos aprendido, en qué momentos hemos sido más felices, qué nos ha faltado, en qué momentos hemos cometido errores durante la convivencia con los seres queridos… Tiempo para ser conscientes de cómo nos han limitado este año el coronavirus o las dolencias físicas, las nuestras o las de nuestros seres queridos, para notar cómo los años pasan y este verano ha sido diferente del anterior. Tiempo para perdonarnos, para agradecer a la vida y a los demás… 
Los seres humanos no somos electrodomésticos que se apagan y se encienden pulsando un botón. Necesitamos tiempo y espacio para transitar de una etapa a otra.
Un tiempo para asimilar la pérdida de los días que ya no volverán, para decir adiós a los paisajes, los descubrimientos, los viajes, los lugares nuevos, los árboles, el mar, los paseos, las risas, las personas, las comilonas, las fiestas, las veladas, las madrugadas, los atardeceres, los abrazos. Necesitamos un tiempo para sentir la ansiedad, la preocupación, la ilusión, la pérdida, la frustración o la desgana que nos vienen.
 
También necesitamos tiempo para reflexionar sobre cómo queremos afrontar la nueva etapa, cuáles van a ser nuestras prioridades, nuestras metas, de qué forma vamos a cuidarnos mejor, cómo vamos a compensar los excesos de las vacaciones, de qué forma podríamos prevenir los errores del curso anterior en nuestra relación con los compañeros de trabajo, con la familia, con los amigos, en nuestra manera de gestionar el tiempo…
 
El mindfulness puede ser un vehículo para canalizar este trabajo personal, aunque también es posible hacerlo simplemente parando y dándonos la oportunidad de sentirnos abiertamente. Estoy convencido de que tod@s nos merecemos ese tiempo de transición, un paso más sereno a los días del trabajo, una oportunidad para entrar abiert@s a lo que está por venir, en lugar de cerrar los ojos desde el primer minuto al aquí y ahora mientras empezamos a alejarnos del presente pensando en las próximas vacaciones.