Cuando nuestro pasado vuelve una y otra vez

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Los pensamientos sobre lo que ya ha pasado son las huellas, el eco, la estela que dejan las experiencias que vivimos. No son sólidos. Aunque a veces lo parezcan. Se asemejan a la estela de un avión en el cielo, o al sonido de un cuenco tibetano que sigue vibrando y escuchándose tiempo después de que el instrumento haya sido golpeado. Escucho esos ecos en mi cabeza cuando medito. Ecos de una acción o una experiencia ya vivida, pero cuya estela aún resuena. La vibración es consustancial al instrumento igual que los pensamientos son consustanciales a la experiencia. 
No hay experiencia sin "eco mental". Cada vivencia deja su poso en nuestro interior.

Experiencias intensas, al finalizar, van seguidas de emociones intensas y pensamientos envolventes, a veces en forma de enjambre o maraña, otras como una mosca molesta que no quiere marcharse. En ocasiones los pensamientos nos resultan pesados, hirientes o densos cuando nos recuerdan momentos difíciles o traumáticos de nuestra historia, mientras que otras veces nos parecen placenteros, motivadores y  amables. No hay experiencia sin «eco mental». Cada vivencia deja su poso en nuestro interior. Uno de los riesgos de vivir los pensamientos de forma poco saludable estriba en olvidar la sustancia de la que están hechos, concederles la solidez y credibilidad de la que carecen, sobrevalorarlos dedicándoles toda la atención y energía, quedándonos «pillados» por ellos, como a veces se hace con los personajes famosos de la televisión que se convierten en populares sin mérito alguno gracias a la atención mediática que reciben.

Al sentarnos a meditar regularmente concedemos a los pensamientos espacio y tiempo para que fluyan.
 
Otro riesgo de establecer una relación poco saludable con los pensamientos está en tratarlos como enemigos a los que hay que vencer o expulsar, permitiendo así, paradójicamente, que se crezcan y se apoderen del aquí y ahora, sustituyendo a la realidad del presente por otra hecha de humo vacío.
Una utilidad de la práctica de la meditación es reservar un espacio para lo que en la Terapia de Aceptación y Compromiso llamamos procesos de defusión cognitiva. Al sentarnos a meditar regularmente concedemos a los pensamientos espacio y tiempo para que fluyan, para que afloren como un manantial brotando de la roca y sigan su curso natural, reconociendo y escuchando nuestros pensamientos como tales, digiriéndolos, aceptándolos como lo que son, aprendiendo de ellos a través su contemplación, desenredándonos, regresando una y otra vez al momento presente, que es donde reside la vida plena.