Cultivando la atención plena durante el confinamiento

En las últimas semanas todo ha cambiado en nuestras vidas. Dice Antonio Muñoz Molina que “el tiempo verbal que mejor expresa lo que vivimos ahora mismo es el presente de indicativo”, y que “fuera del espejismo de las pantallas, lo que ves es lo que hay más allá de la ventana, al otro lado de la calle, en un paisaje hasta ahora borroso y de pronto lleno de misterios y de significados”, de manera que “al reducirse el campo se multiplica la potencia de la lente”. El autor de “El invierno en Lisboa” nos anima a escribir un diario o a pintar o dibujar para aprovechar una capacidad humana muy poco explotada, una “lucidez involuntaria”, que nos permite “advertir esa especie de polvo tenue de lo fugitivo y lo trivial”. Estoy absolutamente de acuerdo con él.

Creo que nunca tuvimos una oportunidad mejor para explorar el presente. Para respirar y mirar a nuestro alrededor sin prisas, como en los veranos de la infancia, para darnos cuenta de todo lo agradable y lo desagradable que se despliega cada minuto. Yo llevo días escribiendo un diario de meditación. Nada más terminar mi práctica, agarro el cuarderno y trato de plasmar los retazos de presente que me ha mostrado esa lente de la que habla Muñoz Molina. Comenzar a escribir el diario fue una sugerencia que me hicieron en el último retiro de mindfulness al que asistí, y cada día de la cuarentena me sorprendo con el universo de pensamientos, sensaciones físicas y emociones que voy descubriendo.

La experiencia casi nunca coincide con lo que espero. Algunos días el sistema verbal que llamamos “mente” me recuerda a un niño travieso, otros a un animal lleno de energía, a veces descubro que va “por libre” y emprende el vuelo y divaga sin tregua mientras que en otros momentos se aquieta, se aligera y cae con contundencia y me deja escuchar los latidos de mi corazón, la vida latiendo dentro de mí, o las ondulaciones de mi pecho al respirar. Hay días en que noto la fuerza de la gravedad con tal intensidad que me siento como un pedazo de hierro atraído por un imán. Otras veces me doy cuenta de que hay un ser observando detrás de mi cabeza las sensaciones más sutiles. Cada día viajo sin salir de casa, ni siquiera de mi cuerpo, y observo cómo cambia la forma de percibir el mundo cuando cambio de posición, o descubro mi mente anticipando y solucionando problemas sin descanso, como si no quisiera enterarse de que ya pasó el tiempo de las prisas, como una mascota que disfruta adelantándose a su amo y mostrándole lo que está por llegar. Algunos días se desenreda un poco más la madeja y siento que me elevo por encima de la niebla. Los problemas se reducen a titulares de periódico, a huellas en el alma, a polvo atmosférico, a cometas en la playa. Por momentos atisbo destellos de la belleza de la existencia, de los afectos que se forjan a fuego lento, del deseo de paz y salud para la humanidad, junto a la angustia por las pérdidas presentes y las que están por llegar.