Hacia una sexualidad más plena en el colectivo LGTBIQ+

Reflexionemos en torno a los riesgos del chemsex

En estos días de necesaria reivindicación de la lucha por la igualdad y contra la homofobia y la transfobia me gustaría compartir una reflexión. Hace meses desde el diario El País se alertaba del aumento de una práctica que, aun siendo minoritaria en el colectivo LGTBIQ+, comienza a ser preocupante, el llamado “chemsex” o consumo de sustancias para prolongar la duración y el disfrute del sexo, con frecuencia asociado al uso de apps de contactos. El testimonio de un usuario publicado en otro periódico en mayo de 2022 me impactó. No quería estigmatizar al colectivo, y al mismo tiempo sentía la necesidad de hablar alto y claro del tema. La realidad es que el Ministerio de Sanidad creó un grupo de trabajo sobre el tema que publicó un informe en 2020  donde se señala que la evidencia científica muestra que el chemsex está asociado a mayor riesgo de transmisión del VIH y otras infecciones, y también a mayor riesgo de problemas sociales y psicológicos, como adicción, bajo rendimiento en el trabajo o estudios, hipersexualización del ocio o deterioro de las redes sociales. Mi preocupación ha aumentado al hilo de la tesis doctoral que estoy dirigiendo en la Universidad Europea en la que estudiamos la eficacia de una intervención psicológica para personas que sufren hipersexualidad o adicción al sexo. Una parte de los pacientes de nuestra investigación son gays que practican chemsex.

 El análisis funcional de la conducta de nuestros pacientes (tal como ilustramos en el primer artículo que hemos publicado) coincide con lo que muestran otros estudios, y es que muchas personas utilizan la práctica del sexo asociado a sustancias como una estrategia de evasión del estrés laboral, la insatisfacción, la soledad o el vacío. Esto ha coincidido con los resultados de otras publicaciones recientes, que señalan el papel del chemsex como liberación y olvido de problemas personales y preocupaciones.  Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso este fenómeno se explica en relación con la llamada evitación experiencial o inflexibilidad psicológica. Estos procesos están presentes en patrones de conducta que incluyen distintos comportamientos (de los que el chemsex puede ser uno más) dirigidos a evitar el contacto con el malestar o el sufrimiento vital, a costa de alejarse de lo que a uno más le importa, aquello que puede dar sentido a la vida. La cuestión es compleja, y para algunas personas, el chemsex también puede estar representando una manera de vivir su identidad LGTBIQ+ y de lidiar con la homofobia. Además, puede estar permitiendo a las personas con VIH afrontar emocional y socialmente la condición de seropositivas, ya que esta práctica podría facilitarles de alguna manera una vía para gestionar su sexualidad y el temor a la discriminación en un entorno donde pueden sentirse más aceptados.

Lo que tristemente estamos detectando en nuestra investigación es que algunos gays y bisexuales están perdiendo el control sobre su sexualidad y su tiempo de ocio. El chemsex ha dejado de ser una práctica sexual más, una alternativa entre muchas para disfrutar, conocerse o experimentar, para convertirse en la única práctica sexual y monopolizar su ocio. Les cuesta disfrutar del sexo sin sustancias. Priorizan el sexo frente a los encuentros con amigos o familia. Gastan en drogas el dinero que no tienen. Recurren a las apps y al chemsex cada vez que se topan con una situación difícil a nivel profesional o personal. Descuidan sus metas futuras, sus sueños, su anhelo de mejorar su vida profesional o académica, de encontrar una pareja estable, de sentirse más conectados con los amigos o familiares, en pro de una potentísima y muy inmediata satisfacción sexual.

Creo que necesitamos hacer una reflexión en voz alta, como colectivo y como sociedad, a la vista de la dimensión que está adquiriendo el fenómeno. Cuidando de no dar argumentos a los que están deseando aprovechar cualquier ocasión para divulgar su discurso del odio, pero sin dejar de hacernos preguntas acerca de cómo estamos viviendo nuestra sexualidad, cómo nos estamos cuidando, qué riesgos innecesarios estamos asumiendo, la calidad de las relaciones que establecemos con las parejas sexuales. No se trata de hacer un juicio moral de las prácticas consentidas que cada persona elige libremente, sino de abrir un espacio de reflexión en el que creo que los psicólogos y otros profesionales sanitarios tenemos la responsabilidad de participar. Los seres humanos nos relacionamos en diferentes espacios, incluido el de la sexualidad. Las apps y el chemsex pueden estar contribuyendo a construir contextos donde nuestro lado humano quede relegado y las relaciones se den más entre cuerpos que entre personas. Pero nuestra salud y nuestra felicidad dependen de la calidad de las conexiones interpersonales estables que seamos capaces de construir a lo largo de nuestra vida.

La rapidez y la intensidad de las experiencias que pueden proporcionar el uso combinado de la tecnología y las sustancias pueden convertirse para muchas personas en una trampa y acabar disfrazadas de un falso halo de libertad y bienestar. Es posible aprender a practicar el sexo con medida, sin dependencias, como una faceta que contribuye a desarrollarnos plenamente como seres humanos. Necesitamos ofrecer más recursos a las personas que ya se sienten atrapadas, sensibilizar a las personas que ponen repetidamente en riesgo su salud para que reflexionen y ejerzan su responsabilidad en mayor medida, y educar a los más jóvenes para que se inicien de manera saludable y respetuosa en la sexualidad. En la mayoría de países (con tristes excepciones) nos acercamos a una sociedad más inclusiva, diversa, libre y tolerante y me inquieta el uso poco humano, saludable y descontrolado que estamos haciendo de esta libertad que tanto nos ha costado conquistar. Es responsabilidad de todos pensar acerca de cómo podríamos disfrutar la sexualidad de forma cada vez más plena y saludable.