Psicología clínica y salud

Cuando las emociones se convierten en negocio: tecnología, salud y vida cotidiana

Las tecnologías digitales no solo utilizan nuestras emociones para captar atención y generar beneficios económicos; también transforman nuestra forma de relacionarnos, percibir la realidad y cuidar nuestro bienestar.

La emocionalización sin precedentes de la tecnología es el tema central de Tecnologías de los sentimientos, un ensayo publicado recientemente por la socióloga Eva Illouz. Vivimos tan inmersos en un entorno atravesado por internet, las pantallas, las aplicaciones y las redes sociales que, como el pez que ignora el agua en la que nada, apenas alcanzamos a percibir hasta qué punto nuestras emociones se han convertido en una pieza clave de la relación que mantenemos con la tecnología. No solo la utilizamos a través de ellas, sino que también somos moldeados por mecanismos tecnológicos que apelan constantemente a nuestra vida emocional, con consecuencias cada vez más relevantes para nuestra salud y bienestar.

Según Illouz, las emociones y la subjetividad constituyen una de las principales materias primas de las que se nutre la tecnología con fines lucrativos. Las mercantiliza, las explota y las convierte en recursos económicamente valiosos. La tecnología se aprovecha de nuestras emociones, pero al mismo tiempo las transforma y las produce de manera continua. En este sentido, buena parte de las tecnologías digitales están diseñadas para imitar interacciones interpersonales cercanas y afectivamente significativas. Emojis, GIF, stickers y «me gusta» configuran un lenguaje profundamente emocional.

En las redes sociales, por ejemplo, los «me gusta» transmiten una especie de energía emocional expresada de forma instantánea, rápida y cuantificable. Esta lógica permite medir la aprobación social y alimenta una búsqueda constante de reconocimiento. A ello se suma la viralidad con la que se propagan los contenidos, que amplifica las emociones asociadas a ellos, especialmente cuando apelan al rechazo, la indignación o la confrontación, captando con gran eficacia nuestra atención.

Además, los usuarios de las redes sociales nos hemos convertido en promotores permanentes no solo de productos, sino también de nosotros mismos. Hemos incorporado a nuestra vida cotidiana una lógica publicitaria que nos impulsa a construir y gestionar una marca personal. Al mismo tiempo, generamos contenidos que incrementan el valor económico de las plataformas sin recibir compensación por ello. No vivimos esta actividad como trabajo, sino como una forma de expresarnos, relacionarnos y permanecer conectados.

Muchas aplicaciones, especialmente las de citas, están orientadas a influir sobre la subjetividad emocional de sus usuarios. A través de ellas, las empresas explotan necesidades humanas tan básicas como la autorregulación emocional, el deseo de pertenencia, afecto o reconocimiento, vendiendo la promesa de una relación, una aventura o una experiencia capaz de compensar la soledad, el vacío o el estrés cotidiano. Nos hemos acostumbrado, además, a que las empresas practiquen una auténtica «minería de emociones» con nuestro consentimiento: extraen, registran y cuantifican nuestras expresiones emocionales para personalizar la publicidad y orientar mensajes con fines económicos o incluso políticos.

Asimismo, los videojuegos construyen mundos virtuales cada vez más inmersivos y realistas, capaces de despertar una amplia gama de emociones provocadas por la ficción. Estas emociones, aunque vinculadas a escenarios imaginarios, son experimentadas como reales gracias a complejos mecanismos de identificación e implicación psicológica.

De este modo, la realidad social en la que vivimos está transformándose a gran velocidad. Nuestras emociones generan enormes beneficios para lo que Illouz denomina el capitalismo tecnoemocional. En un contexto en el que la tecnología forma parte inseparable de nuestra vida personal y profesional, difuminando las fronteras entre lo público y lo privado, entre lo relacional y lo tecnológico, se ha normalizado la cesión de nuestra intimidad y de nuestra vida emocional a empresas que obtienen beneficios a partir de nuestros datos.

Ante esta situación, la autora identifica varios efectos potencialmente problemáticos. El primero es la «pérdida de la experiencia», entendida como una progresiva desconexión de la realidad física y de la presencia plena de los otros. El segundo es el alejamiento gradual del deseo de compartir tiempo y experiencias presenciales con los demás, lo que puede favorecer sentimientos de aislamiento y soledad. El tercero se relaciona con la creciente preferencia por las representaciones de la realidad frente a la realidad misma. El apego a las imágenes, relatos y emociones que recibimos a través de las pantallas puede dificultar nuestro acceso a los hechos, sustituyendo la experiencia directa por versiones mediadas y cuidadosamente construidas de ella.

Illouz concluye con una invitación a desarrollar estrategias de resistencia frente a la apropiación comercial de nuestras emociones. Su propuesta nos anima a reflexionar críticamente sobre la relación que mantenemos con las tecnologías digitales y a preguntarnos quién se beneficia realmente de ella. En este sentido, considero que resulta muy necesario fomentar tanto el pensamiento crítico como la investigación científica sobre las consecuencias que los usos tecnológicos pueden tener para la salud y el bienestar, tanto a nivel individual como colectivo.

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